Sep 30, 2012 - Pensamientos    No Comments

ALGODONES DE AZÚCAR

El otro día en la cola de una tienda de ropa, escuché como una madre le decía a su hija (que no tendría mas de 17 años):“No puedes seguir así, tienes que olvidar a Pablo” De pronto comenzaron a amontonarse en mi mente millones de cosas que me hubiera gustado decirle a esa madre .¡Vamos hombre!, pensé, qué fácil es decir siempre las mismas chorradas cuando no es a ti al quien han roto el corazón. Como si olvidar fuera acostarte por la noche en la cama, hacer un centrifugado de cerebro y levantarte sin esos recuerdos que te encogen el alma.

 De adolescente mi “Pablo particular” ocupaba mis pensamientos, mi razón (o mi sinrazón). Si a mis padres no le gustaba, a mí me gustaba más aún. Los besos sabían a algodones de azúcar y esas mariposas que decían que revoloteaban en el estómago existían de verdad. La luna brillaba más porque nosotros la mirábamos.  Qué felicidad, qué gozo, qué deleite.

 Qué idílico todo hasta que “Pablo” decide dejarte, darse el piro, abandonarte. Maldices al destino por tu mala fortuna. Todo se vuelve oscuro, sombrío, negro. Más que un suspenso en un examen, una bronca de tus padres, un sábado sin salir, un día sin Messenger…

Decides hacer desaparecer esas fotos que empapelaban tu pared y lo mejor que se te ocurre hacer  con ellas es romperlas, quemarlas, usarlas para hacer vudú. Qué agrias se tornan  las canciones de desamor, las películas románticas, la luna llena, las parejas felices.

Te sientes ultrajada, engañada, humillada, burlada. Ni siquiera Romeo y Julieta; Tristán e Isolda; los amantes de Teruel han tenido historias de amor más desgraciadas que la tuya.

 Y siempre la misma cuestión  ¿por qué  me ha dejado?  Relees sus sms en busca de alguna señal. Nada, piensas, la mayoría de los mensajes terminan con un te quiero, es imposible  que su intención fuera dejarte. E, inevitablemente, ese por qué desemboca en muchos más. En ese momento si estuviera en mi mano aprobaría una ley que prohibiese los falsos te quiero.

 Entonces ves como el odio crece, y ya no sabes donde meterlo porque cada vez es más grande , y ¡cómo duele vomitar tanto dolor! Maldices la hora en la que tus padres te sueltan el rollo del olvido, y tus amigas y amigos las típicas milongas de la dignidad  y los peces en el mar. Ellos no entienden que los “peces” te importan menos que las clases de matemáticas, que en tu mente sólo hay sitio para él. Al resto del mundo le cuentas lo mucho que lo odias, cuando en realidad, lo estás queriendo con más fuerza todavía. Aún así, no queda otra que  asumir que Pablo ya no está. Y justo en ese momento te ves invadida por los pensamientos más absurdos:  nunca más volveré a encontrar a nadie como él, ya no habrá mariposas, ni besos que sepan a algodones de azúcar. Es el fin, el vacío, las más sola de las soledades.

 Hasta que una evoluciona y llega otro Pablo, y otro, y otro… y no queda más alternativa que aprender a vendarse el corazón.

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